Orígenes del belenismo (I)

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Desde los albores del Cristianismo, la historia del nacimiento de Jesús y todos los hechos que lo rodearon, como la anunciación a los pastores y la adoración de los Reyes entre otros, han servido de inspiración para toda clase de artistas, que a través de la escultura, la pintura, la literatura e incluso el cine han aportado su visión de los principales momentos de la vida de Cristo. Los datos de los que dispone el Belenista es el suceso en sí, y lo encuentra solamente en dos Evangelios Canónicos, los de Mateo y Lucas, o en los Evangelios Apócrifos (no reconocidos por la Iglesia Católica). Éstos son más explícitos y añaden cierto número de detalles que proporcionan más ternura al nacimiento de Jesús. Estas fuentes sirven de guía a la imaginación y pauta a seguir en la escena que el belenista desea representar.

La iconografía del nacimiento de Jesús es antiquísima. En catacumbas fechadas en los siglos II y III, aparecen escenas relacionadas con motivos de la Navidad como son Jesús en los brazos de María y El Buen Pastor. En algunas otras no muy distantes en edad (siglos III y IV), se ven escenas relacionadas con la Epifanía. Posteriormente, van apareciendo temas de la Navidad, pletóricos de vida y graciosa ingenuidad, como sucede en los relieves ebúrneos bizantinos, allá por el siglo VI.

En el siglo X existen testimonios de representaciones teatrales vinculadas con la Navidad, que se perdieron en el S.XIII debido a su irrespetuoso contenido. Pese a que las escenas eran representadas por clérigos, los decorados se completaban con figuras de los personajes sagrados, tridimensionales y pintados. Esta idea de “espacio teatral”, puede considerarse como el origen de los Belenes, entendidos como personajes en un entorno espacial con el fin de adoctrinar al pueblo.

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Detalle del Belén de Arnolfo di Cambio.

En este contexto, la historia sitúa a San Francisco de Asís como pionero del belenismo. Cuenta la historia que, tras su peregrinación a los Santos Lugares, el santo celebró la Eucaristía de la Nochebuena del año 1223 en una cueva donde preparó una representación viviente de un pesebre con una mula y un buey, muy cerca del pueblo italiano de Greccio. Este hecho está considerado desde entonces como el origen del belenismo. Incluso uno de los biógrafos de San Francisco relata lo sucedido esa noche en la cueva italiana donde, tras cantar el Evangelio, los asistentes vieron como San Francisco alzaba del pesebre a un niño exangüe que había recobrado la vida y sonrió al Santo. El milagroso suceso fue propagado por los Franciscanos y alcanzó una gran resonancia. “Jesús renace cada año por Navidad, despertando al hombre nuevo y aceptando gustoso su adoración”. Esta interpretación da origen a la rápida expansión de las representaciones belenistas.

Como referencias más antiguas que tenemos respecto a los primeros belenes, conviene destacar el que fuera realizado por Arnolfo di Cambio (Florencia 1289). Este arquitecto de la Catedral de Florencia talló figuras en mármol blanco, parte de las cuales se conservan aún en la basílica de Santa María la Mayor de Roma.

Durante los siglos XIV y XV las iglesias italianas se llenaron de hermosos belenes fijos, como los de Andrea della Robia en el Duomo de Valterra. Con la entrad del periodo barroco se impulsó de forma definitiva la realización de belenes, introduciéndose la tradición entre la burguesía y decorando las casas señoriales de la época.

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